jueves, diciembre 24, 2009
Una breve mención
Ràdio Castellar: B de Blog
min 8' 30
min 8' 30
Aquí os dejo un análisis profundo del contenido de este, mi blog, llevado a cabo en el programa de B de Blog emitido en Radio Castellar. Mis 9 segundos de gloria. Y no merezco más. De verdad. No es una afirmación despechada. Yo quiero ser ecléctico pero no puedo. Me encantaría beber de las opiniones ajenas y empaparme de moderación, pero en la línea media resultante soy un trapecista que, de un traspiés, se da con el alambre en los testículos. No puedo cuando no tengo porqué, y cuando tengo porqué, sufro.
Me encantaría ser cabal y poder narrar los cambios que acontecen en nuestra vila. Pero no me sale. Por ejemplo, a mí la Plaza Mayor no me gusta. Es una deuda heredada de cemento frío, funcional y gélida. Si Herodoto viviera, no se pararía como hizo con la meseta de Guizé y no haría acopio de información como con las Guerras Médicas. A la sumo preguntaría por los bloques de recubrimiento (inexistentes) y luego se iría al Calissó a vivir la diversidad de nuestras gentes. Y se tomaría unas cañas mientras escucha nuestras crónicas.
¿Veis? No hay modo de ser riguroso.
Me encantaría ser cabal y poder narrar los cambios que acontecen en nuestra vila. Pero no me sale. Por ejemplo, a mí la Plaza Mayor no me gusta. Es una deuda heredada de cemento frío, funcional y gélida. Si Herodoto viviera, no se pararía como hizo con la meseta de Guizé y no haría acopio de información como con las Guerras Médicas. A la sumo preguntaría por los bloques de recubrimiento (inexistentes) y luego se iría al Calissó a vivir la diversidad de nuestras gentes. Y se tomaría unas cañas mientras escucha nuestras crónicas.
¿Veis? No hay modo de ser riguroso.
martes, noviembre 03, 2009
Bullying
Por Carlos Cubero
R.S.A.
Sí. Obligaron a la chica a comerse una mierda untada en una galleta. Sé que no les hará gracia, especialmente si, como adultos responsables, lo primero que hacéis es poneros en la piel de la chica hostigada, rodeada por unos compañeros y obligada (por presión social y alguna amenaza que otra) a meterse una caca de perro en la boca. Acordareis conmigo que el sentido del humor se depura con el tiempo. Especialmente cuando eres capaz de sustituir un rostro anónimo por el de alguien de valor emocional. Si hubiera sido mi madre hubieran parodiado otros y yo sería un niño apocado, retraído, marginado y violento. Y nunca me hubiera reído.
Yo ahora mismo me estremezco sólo de pensar en aquella muchacha rodeada por unos energúmenos ávidos de poder, haciendo gala de su supremacía ante los novatos del colegio de educación secundaria. Pero por aquel entonces era una historia que no me cansaba de oír. A veces reíamos, parodiábamos la situación y nos recreábamos en la parte donde la chica tenía que hacer de tripas corazón. Comiéndose una caca. Muy grande. Humeante. O no. Pero tenía que ser blanda porque "había sido untada".
En nuestro imaginario impulsivo la niña de rostro anónimo se come una caca, nos reímos de ella, se va a casa y nos pasamos todo el día hablando de cacas e insultándola. Le obsequiamos con un contexto conocido, un patio de tierra y grava, rodeada de setos, parterres de extrañas plantas que machacábamos hasta dar con la pócima, en los aledaños de una construcción de dos pisos, cuadrada, de ladrillo rojo y de persianas funcionales. Es allí donde todo sucede.
Luego ella desaparece y no existe. Sólo existe cuando los hostigados quieren. Como un holograma, pero más real.
Ella cumple su función; y se merece su función.
Y más allá de eso, nada.
viernes, octubre 23, 2009
Monolito
Por Carlos Cubero
Las líneas discontinuas de la carretera se levantaron de un crujido. Se erigieron como monolitos negro mate mientras mi coche iluminaba la carretera de una noche fría. Y yo no supe qué hacer ni qué pensar.
Normal. Las líneas discontinuas no suelen alzarse arrancando el asfalto para apresarte en el carril derecho. Esas cosas no suceden a no ser que sufras un brote psicótico, hayas ingerido alucinógenos o hayas estado viendo 2001 Odisea en Espacio durante dos días seguidos.
Cada uno tiene revelaciones como buenamente puede. Son siempre respetuosas con el imaginario de cada individuo y a mí una aparición mariana me hubiera generado dudas. Soy de esa clase de gente incapaz de retener el nombre de cualquier persona que acaben de presentarme. Estoy más pendiente de que mi mano esté firme, de que la presión sea adecuada, de sonreír, de mirar al triángulo facial y de asegurarme de que mi cremallera no esté bajada.
Por eso se ciñó a obsequiarme con una hilera de monolitos enormes y un zumbido infinito. Como si mi coche se hubiera metido en un secador industrial gigante. En mi tránsito, sentí que sólo éramos una mota de polvo en la inmensidad del universo. Eso cuando queremos desaparecer, porque cuando vamos detrás de un protagonismo existencial, nuestra conciencia, sin duda, nos hace únicos e indispensables.
Y me estampé contra el quitamiedos de la primera curva.
******
Buzz Aldrin nunca tuvo que hacer un parte de accidentes con un monolito. El segundo hombre en pisar la luna se limitó a afirmar que había algo ahí fuera ignorando que la radiación cósmica atravesaba el aluminio amplificando sus efectos en Apolo XI. Los astronautas sufren extraños potenciales de acción en las neuronas cerebrales percibidos como tormentas de chispas (sparkly storms). Yo, sin embargo, ando protegido por la magnetosfera, la atmósfera, un jersey y una chaqueta de nylon reversible forrada de borreguito. Y no tengo porque dudar de mis sentidos.
sábado, septiembre 26, 2009
ABSCESO
Por Carlos Cubero
Cuando te tocan los nervios faciales todo cobra una dimensión bíblica. Una de las noches de dolor inmenso, el que te obliga a saltar de isleta en isleta, aferrándote a las intermitencias del dolor, coqueteé con la idea de que Dios me había castigado. Las causas de una infección bucal son puramente fisiológicas, pero eso no implica que en su origen primigenio no este el Hacedor impartiendo justicia. Pero no me santigüé.
El arquero de Amesbury también sufrió un absceso dental grave. Lo que sólo fue una caries acabó siendo un martirio y un peligro real para su vida. Cojo y con la mejilla palpitando, recorrió mil kilómetros desde los Alpes para buscar consuelo en aquella magnifica construcción megalítica, inmensa en la Europa neolítica de hace 4.500 años. Faltaban años para la milagrosa aparición de los antibióticos y cuando la boca rabia uno no puede esperar cuatro milenios. Ni cinco minutos. Estaba en el sitio adecuado, Gran Bretaña, pero quedaban una inmensidad de generaciones hasta que Fleming en 1928 se topara con aquel moho furtivo que había devorado todos los gérmenes colindantes del cultivo.
Su resistencia al dolor era muy superior a la mía. No creo que fuera por su capacidad para segregar endorfinas sino por su absoluto compromiso a la hora de negociar con el componente subjetivo del dolor ¿Qué remedio le queda a uno cuando no puede beneficiarse de la dormidera ni del aceite de clavo?
Su inhumación fue encontrada a tres millas de StoneHenge y era el de esa clase personas que exportan conocimientos valiosos y acaban haciendo fortuna: joyas de oro para el cabello, cuchillos de cobre, un arsenal de puntas de sílex, dos muñequeras de arquero en roca pulida, una “piedra yunque” para labrar metales y piezas de cerámica del estilo “vaso campaniforme". No obstante, no se encontraron indicios de pecado porque los pecados no solidifican; no es como la madera que tiñe la tierra de negro carbón, ni como el hierro, rojizo por el óxido del paso del tiempo, ni el verde del bronce, ni el violeta del vino de las ánforas romanas. Su ajuar funerario hablaba del respeto de sus coetáneos y de su alta capacidad adquisitiva.
Pero entre sus enseres, ningún pecado.
Cuando te tocan los nervios faciales todo cobra una dimensión bíblica. Una de las noches de dolor inmenso, el que te obliga a saltar de isleta en isleta, aferrándote a las intermitencias del dolor, coqueteé con la idea de que Dios me había castigado. Las causas de una infección bucal son puramente fisiológicas, pero eso no implica que en su origen primigenio no este el Hacedor impartiendo justicia. Pero no me santigüé.
El arquero de Amesbury también sufrió un absceso dental grave. Lo que sólo fue una caries acabó siendo un martirio y un peligro real para su vida. Cojo y con la mejilla palpitando, recorrió mil kilómetros desde los Alpes para buscar consuelo en aquella magnifica construcción megalítica, inmensa en la Europa neolítica de hace 4.500 años. Faltaban años para la milagrosa aparición de los antibióticos y cuando la boca rabia uno no puede esperar cuatro milenios. Ni cinco minutos. Estaba en el sitio adecuado, Gran Bretaña, pero quedaban una inmensidad de generaciones hasta que Fleming en 1928 se topara con aquel moho furtivo que había devorado todos los gérmenes colindantes del cultivo.
Su resistencia al dolor era muy superior a la mía. No creo que fuera por su capacidad para segregar endorfinas sino por su absoluto compromiso a la hora de negociar con el componente subjetivo del dolor ¿Qué remedio le queda a uno cuando no puede beneficiarse de la dormidera ni del aceite de clavo?
Su inhumación fue encontrada a tres millas de StoneHenge y era el de esa clase personas que exportan conocimientos valiosos y acaban haciendo fortuna: joyas de oro para el cabello, cuchillos de cobre, un arsenal de puntas de sílex, dos muñequeras de arquero en roca pulida, una “piedra yunque” para labrar metales y piezas de cerámica del estilo “vaso campaniforme". No obstante, no se encontraron indicios de pecado porque los pecados no solidifican; no es como la madera que tiñe la tierra de negro carbón, ni como el hierro, rojizo por el óxido del paso del tiempo, ni el verde del bronce, ni el violeta del vino de las ánforas romanas. Su ajuar funerario hablaba del respeto de sus coetáneos y de su alta capacidad adquisitiva.
Pero entre sus enseres, ningún pecado.
sábado, agosto 15, 2009
Y si
El "Y si" es la partícula originaria de todos los obsesivos. Es el intento recurrente, fallido y doloroso de reducir el infinito a algo tangible; de atrapar la seguridad perdida pensando en todas las posibilidades.
Pero uno no puede ser todas las cosas. Al final, hay que entender que sólo se hace una cosa - nuestro fruto - y es esa la que nos define.
He aquí al genial Jim Carrey - impresionante, eléctrico e incombustible monologuista - preso de pensamientos intrusivos en formato humorístico.
Él también quiere ser todas las cosas.
Pero uno no puede ser todas las cosas. Al final, hay que entender que sólo se hace una cosa - nuestro fruto - y es esa la que nos define.
He aquí al genial Jim Carrey - impresionante, eléctrico e incombustible monologuista - preso de pensamientos intrusivos en formato humorístico.
Él también quiere ser todas las cosas.
lunes, agosto 03, 2009
El banderillero del Eixample
Por Carlos Cubero
Zatoichi, mientras sorbía un bol de sopa humeante, le preguntó a la Señorita Oube quién era ese chico que andaba correteando por la finca a grito pelado. Ella respondió que era el hijo de la familia Goei, un chico retrasado que soñaba con ser un samurai y se pasaba el día corriendo por el barrio lanza en mano. Era un niño grande, obeso, gritón y pelmazo; un incordio, y el masajista ciego se deshizo de él lanzando de espaldas uno de los leños que cortaba en el patio trasero de la casa.
El banderillero del Eixample fue, a diferencia del personaje de la película "Zatoichi", el terror de las calles de la Barcelona de los años 90. Ambos compartían un retraso moderado, pero a diferencia del personaje de la película de Takeshi Kitano, Jorge Javier no tenía reparos en seguir escrupulosamente el contenido de sus delirios.
La mañana del 3 de Mayo de 1993, la Sra. Puig pedía 2 kilos de tomates en rama, una ristra de ajos y un manojo de espárragos trigueros en la parada de frutas y verduras. Recibió entonces el envite de un sujeto que parecía corretear mientras tarareaba un pasodoble - !Ay! Escolta, no empenyis!- Exclamó, y como si nada hubiera sucedido siguió con sus quehaceres.
Acabó en la parada de frutas y verduras y finalizó su periplo en la carnicería. Mientras calibraba la cantidad de costilla que necesitaba para un arroz en familia, fue interrumpida por uno de los clientes que hacía cola.
- Señora, lleva usted dos banderillas clavadas en la espalda.
Y la Sra. Puig se desmayó.
Durante las dos semanas siguientes reinó el pánico en la zona. Hubo una creciente demanda de los servicios a domicilio y los compradores que osaban personarse en el mercado lo hacían con notorio recelo. Podía verse como las señoras - presas de una súbita paranoia - se giraban de forma compulsiva ante cualquier ruido o chasquido.
Para alivio de todos, Jorge Javier fue detenido a finales de mayo de ese mismo año cuando salía de unos de los portales de la calle del Bruc presto, al parecer, a hacer del Mercat de la Concepció su particular ruedo. No ofreció resistencia y fue puesto a disposición judicial.
El juez, después de escuchar su declaración y de leer detenidamente los informes psiquiátricos, concluyó que Jorge Javier era tonto. Lo declaró inimputable y aplicó las pertinentes medidas de seguridad.
Jorge Javier será dado de alta dentro de dos semanas. Al retraso moderado se le añadió el diagnóstico de esquizofrenia paranoide a las pocas semanas de ser ingresado. Es, como ya sabrán, una enfermedad crónica sin cura conocida, pero sus delirios han remitido gracias a la medicación y una esmerada psicoterapia a cargo del Dr. Dukakis. No han encontrado por eso motivos suficientes como para seguir privándole de libertad. Aún así, como advierte el Dr. Cabeza "con pacientes psicóticos nunca pueden descartarse posibles recaídas. Su conducta puede considerarse normal merced a una extricta medicación a base de antipsicóticos y tila."
Este artículo es pues una advertencia. Si veis a un personaje espigado dando vueltas sobre sí mismo, con las manos levantadas y con la mirada fija a un epicentro imaginario, que sepáis que no es una mantis religiosa: es Jorge Javier, el banderillero del Eixample, y ha vuelto a hacer de las suyas.
Se dice que en el ámbito judicial las víctimas han sido tradicionalmente las grandes olvidadas. Mientras todos los esfuerzos se centran en clarificar los hechos, en depurar responsabilidades y en aplicar las penas pertinentes, la víctima permanece pasiva y olvidada como un arbusto en tierra de nadie.
La Sra. Puig sobrevivió a aquel ataque inesperado. No le quedaron más que una cicatriz ovalada en sendos omóplatos y, después de años de terapia, ha decidido perdonar a su agresor. Cierto es que aún conserva un dolor difuso en los días de lluvia, pero la Sra. Puig es una mujer resuelta y optimista y entre risas dijo que podría haber sido peor: "No habría habido cirugía que hubiera correjido una estocada" - sonríe- "Me alegra saber que a Jorge Javier le diera por ser banderillero y no matador."
Su terapeuta consideró adecuado cerrar este doloroso episodio de la vida de la Sra. Puig y, como ya hizo Juan Pablo II predicando con el ejemplo, acordaron un encuentro entre agresor y víctima.
A sus 70 años, la Sra Puig, radiante y resuelta, se personó al sanatorio haciendo gala de una entereza sólo propia de las mujeres que han sobrevivido a la posguerra. Los agentes de seguridad, sin embargo, aún no se explican como la Sra. Puig pudo introducir dos agujas de hacer media en uno de los más estrictos psiquiátricos de la Ciudad Condal.
El banderillero del Eixample fue, a diferencia del personaje de la película "Zatoichi", el terror de las calles de la Barcelona de los años 90. Ambos compartían un retraso moderado, pero a diferencia del personaje de la película de Takeshi Kitano, Jorge Javier no tenía reparos en seguir escrupulosamente el contenido de sus delirios.
La mañana del 3 de Mayo de 1993, la Sra. Puig pedía 2 kilos de tomates en rama, una ristra de ajos y un manojo de espárragos trigueros en la parada de frutas y verduras. Recibió entonces el envite de un sujeto que parecía corretear mientras tarareaba un pasodoble - !Ay! Escolta, no empenyis!- Exclamó, y como si nada hubiera sucedido siguió con sus quehaceres.
Acabó en la parada de frutas y verduras y finalizó su periplo en la carnicería. Mientras calibraba la cantidad de costilla que necesitaba para un arroz en familia, fue interrumpida por uno de los clientes que hacía cola.
- Señora, lleva usted dos banderillas clavadas en la espalda.
Y la Sra. Puig se desmayó.
Durante las dos semanas siguientes reinó el pánico en la zona. Hubo una creciente demanda de los servicios a domicilio y los compradores que osaban personarse en el mercado lo hacían con notorio recelo. Podía verse como las señoras - presas de una súbita paranoia - se giraban de forma compulsiva ante cualquier ruido o chasquido.
Para alivio de todos, Jorge Javier fue detenido a finales de mayo de ese mismo año cuando salía de unos de los portales de la calle del Bruc presto, al parecer, a hacer del Mercat de la Concepció su particular ruedo. No ofreció resistencia y fue puesto a disposición judicial.
El juez, después de escuchar su declaración y de leer detenidamente los informes psiquiátricos, concluyó que Jorge Javier era tonto. Lo declaró inimputable y aplicó las pertinentes medidas de seguridad.
Jorge Javier será dado de alta dentro de dos semanas. Al retraso moderado se le añadió el diagnóstico de esquizofrenia paranoide a las pocas semanas de ser ingresado. Es, como ya sabrán, una enfermedad crónica sin cura conocida, pero sus delirios han remitido gracias a la medicación y una esmerada psicoterapia a cargo del Dr. Dukakis. No han encontrado por eso motivos suficientes como para seguir privándole de libertad. Aún así, como advierte el Dr. Cabeza "con pacientes psicóticos nunca pueden descartarse posibles recaídas. Su conducta puede considerarse normal merced a una extricta medicación a base de antipsicóticos y tila."
Este artículo es pues una advertencia. Si veis a un personaje espigado dando vueltas sobre sí mismo, con las manos levantadas y con la mirada fija a un epicentro imaginario, que sepáis que no es una mantis religiosa: es Jorge Javier, el banderillero del Eixample, y ha vuelto a hacer de las suyas.
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Se dice que en el ámbito judicial las víctimas han sido tradicionalmente las grandes olvidadas. Mientras todos los esfuerzos se centran en clarificar los hechos, en depurar responsabilidades y en aplicar las penas pertinentes, la víctima permanece pasiva y olvidada como un arbusto en tierra de nadie.
La Sra. Puig sobrevivió a aquel ataque inesperado. No le quedaron más que una cicatriz ovalada en sendos omóplatos y, después de años de terapia, ha decidido perdonar a su agresor. Cierto es que aún conserva un dolor difuso en los días de lluvia, pero la Sra. Puig es una mujer resuelta y optimista y entre risas dijo que podría haber sido peor: "No habría habido cirugía que hubiera correjido una estocada" - sonríe- "Me alegra saber que a Jorge Javier le diera por ser banderillero y no matador."
Su terapeuta consideró adecuado cerrar este doloroso episodio de la vida de la Sra. Puig y, como ya hizo Juan Pablo II predicando con el ejemplo, acordaron un encuentro entre agresor y víctima.
A sus 70 años, la Sra Puig, radiante y resuelta, se personó al sanatorio haciendo gala de una entereza sólo propia de las mujeres que han sobrevivido a la posguerra. Los agentes de seguridad, sin embargo, aún no se explican como la Sra. Puig pudo introducir dos agujas de hacer media en uno de los más estrictos psiquiátricos de la Ciudad Condal.
domingo, marzo 15, 2009
Sesgos
Por Carlos Cubero

Hay que luchar contra los sesgos que inundan nuestra cabeza. Si quiere uno aspirar a la virtud debe contrarrestar las distorsiones espontáneas que brotan de la naturaleza humana.
La homogeneidad que vemos en colectivos ajenos al nuestro es ficticia; así como la homogeneidad que el resto de colectivos cree observar en el nuestro. En el intragrupo somos todos diferentes (además de colegas) y en el exogrupo son todos iguales (además de pestilentes). Mentira.
A ellos, aunque pueda parecer imposible, les sucede lo mismo. A los occidentales - según tengo entendido - se nos ve como muertos vivientes por pueblos como el coreano. Mientras se regalan naranjas como muestra de amor, ven en nosotros rasgos comunes tales como los ojos hundidos, párpados existentes y frentes alargadas. Por otro lado, para Rashid, un imbécil pakistaní con rasgos psicopáticos con el que tuve la desdicha de compartir trabajo en Inglaterra, todas las blancas son unas guarrindongas sólo útiles para chupar. Todo mentira.
Con lo dicho, no puedo sacar conclusiones. A pesar de su flagrante falta de educación, de escrúpulos, a pesar de las gárgaras con las que me obsequió, con aquel ir y venir de fluidos nasales en frente de mi cara, separados tan sólo por 30 centímetros de barra fría, de aluminio rallado, en ese espacio impersonal, desangelado, de madera tizón y ligera, de motivos baratos, no puedo sacar conclusiones ni extrapolar dicha conducta a los mil cuatrocientos millones chinos que pueblan este planeta. Y tengo ganas. Dios sabe que quiero exponer que los chinos - al igual que aquella camarera - son groseros, poco higiénicos y que dan dolor de cabeza por oler a glutamato sódico. Quiero vengarme por las arcadas que apresaron mi rostro en la salida del restaurante. Anduve doblado con estertores desde la salida del local cruzando la isleta de hierba - a veces fresca, a veces calva - de la Avenida del C. del Roble hasta llegar a casa, y la crítica circunscrita al individuo no era suficiente cuando un gargajo oriental se interpone entre una cerveza y el centro del placer cerebral.
Me apresuré en alcanzar el lavabo y, una vez templado, apoyé mis manos en la pica. Mi mujer apareció preocupada y, sin mediar palabra, posó su mano en mi hombro en busca de explicaciones. Ya sereno me miré en el espejo y recordé como aquella misma camarera, dos días antes, me había explicado las tribulaciones de una infancia agridulce en Ho Chi Minh.
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N. del A.: Poseemos receptores específicos en la lengua para el glutamato sódico. Junto al dulce, salado, amargo y ácido, el glutamato es el quinto sabor. Es una sustancia presente en la comida asiática y asociada a dolores de cabeza.
N. del A.: Esto que puede parecer una obviedad, es una variable clave en las ruedas de conocimiento. Poseemos una dificultad manifiesta para diferenciar entre personas de una raza diferente a la nuestra. Frases como "todos los moros son iguales" tienen, en parte, su origen en una incapacidad perceptiva.
N. del A. : Ho Chi Minh es la ciudad más poblada de Vietnam.

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